Morella y su castillo inexpugnable en Castellón

Morella

A pocos kilómetros de Morella la carretera se vuelve un tanto abrupta. Como compañeros de viaje surgen casi de la nada barrancos, ramblas, bosques de pinos y paisajes yermos. Es la comarca de los Puertos de Morella, helada y blanca durante el invierno, seca y de un calor asfixiante en verano.

Nada nos hace presagiar que a pocos minutos de este escenario montañoso aparezcan ante nuestros ojos las murallas centenarias y el robusto castillo de Morella. Un recinto inexpugnable de más de dos kilómetros de perímetro, catorce torres fuertes y siete puertas de acceso. Testigo sobrio, alto y muy vivo de innumerables batallas en este rincón de la provincia de Castellón.

La Castra Aelia romana, la ciudad que el propio Cid Campeador arrebató a los moros en el año 1084, pero que en 1117 fue de nuevo reconquistada por las huestes musulmanas. La Morella que dio la bienvenida a Jaime I en 1232 cuando por fin regresó a manos aragonesas, la que tuvo que sufrir los avatares de las guerras carlistas en el siglo XIX. Morella nunca ha vivido ni vivirá a la espalda de su historia.

Es imposible viéndola desde la distancia. Un baluarte de tejados de cerámica que trepan poco a poco, como serpiente silenciosa, hasta los muros del castillo. Morella tiene varias puertas de entrada, arcos que desde la Edad Media han servido para dar la bienvenida a todo el que se adentrara en sus callejuelas. La de Sant Mateu, Sant Miquel, la Puerta del Rei, la de los Estudiantes, la Nevera, el Forcall o Ferrissa…

Lienzos de viejas murallas surgen a nuestro paso en el callejeo por la ciudad. Paredes que son portadoras de antiguas historias y leyendas, sucesos que han quedado guardados en la noche de los tiempos y que se cuentan en cada esquina. Plazas que se abren y dejan ver monumentos como la Iglesia de Santa María, el Convento de San Francisco del siglo XIII o la Ermita de Santa Lucia y San Llatzer, de finales del mismo siglo.

Poco a poco las callejuelas se van empinando hasta que aparece en el horizonte el rostro centenario del castillo. Como una soga invisible nos va atrayendo a su enclave de la Mola. Una fortaleza del siglo XIII construida sobre una imponente roca, de aspecto dominante, señorial, abrazada por un océano de montañas que se extienden en los alrededores. Cuentan las crónicas que fue uno de los castillos más inexpugnables del Mediterráneo.

En él se puede visitar la enorme Plaza de Armas, el Palacio del Gobernador, un aljibe, la Torre de la Pardalea, la prisión de Cacho, algunos restos de los palacios reales y la Torre del Homenaje. La historia de sus muros casi nos parece baladí ante las incomparables vistas que ofrece su estratégica altura. Aquí se han sucedido batallas milenarias, aquí luchó el Cid y cayeron cientos de cristianos y musulmanes…

Hoy día se accede al castillo a través del claustro del Convento de San Francisco. Es la silueta más característica de esta ciudad, su símbolo, su postal universal. Morella tiene ese aire medieval que lo convierte en uno de los pueblos más bonitos y con más encanto de España.

Tras la subida al castillo nada mejor que bajar a la Plaza Mayor y reponer fuerzas. Hay que probar algunos de sus platos tradicionales, que tienen en la carne uno de sus máximos exponentes. La ternera, el cordero, el jabalí y el cerdo, los embutidos como el Bolo de Morella, la cecina, platos y entrantes que deben comenzar por unas croquetas morellanas, unas gachas o un frito, y concluir en el postre con el flaó o la cuajada.

Es como se dice en estas tierras dar lo mejor de Morella, pero a fuego lento. El fuego de tantos y tantos siglos impregnados en las piedras de sus murallas, el calor de una ciudad que, a los pies de su castillo, sigue el cauce lento del río que marca la vida.

Foto Vía Ribera Online

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