La Habana Vieja, belleza vieja y colonial

La Habana Vieja

Dicen los cubanos que la noche de La Habana Vieja se mastica y se mastica sueño a sueño. Es profunda y silenciosa, siempre arrumada de ritmos caribeños en la lejanía, como perdiéndose entre los golpes de la duermevela. A las calles del centro les falta el latido incesante de las farolas. Las bombillas amarillas apenas lucen en un pequeño surco de las paredes, y los pocos viandantes crecen y crecen a modo de sombras.

Dentro de este singular espacio habanero podemos viajar al pasado y al presente, disfrutar de la sensación de estar recorriendo varias ciudades a la vez. No esperéis edificios espectaculares ni luces de neón brillantes. La Habana Vieja es bella desde su ruina progresiva, como una viejita apostada tras el marco de la ventana o sentada en la puerta de su casa, como quien espera el desfile del aroma de las rosas del patio que le vigila la espalda.

Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1982, La Habana fue la última ciudad fundada por los conquistadores españoles en Cuba. Hasta aquí llegaban las flotas que viajaban anualmente a España procedentes de México y Perú, como si no pudieran regresar sin antes despedirse del Malecón y el adiós azul de sus aguas. La capital cubana se convirtió así en la puerta principal del imperio colonial español.

En La Habana Vieja nos señala un amigo que vamos a ver lo que hay que ver, ni más ni menos. Monumentos y edificios coloniales, barrocos y neoclásicos que mezclan sus saludos en forma de casas con arcadas, balcones y rejas de hierro y patios interiores en los que los geranios crecen al ritmo de guajiras y son cubano. Los grandes comerciantes del siglo XVI comenzaron a revestir la ciudad con algunos de los sabores que llegaban del continente europeo.

No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando los españoles decidieron fortificar La Habana. La Guerra de los Siete Años que tenía lugar en Europa llegó hasta tierras americanas, y Cuba era una de las islas caribeñas más sugerentes para los países ávidos de comercio y riquezas. El Castillo de la Real Fuerza es hoy precisamente la fortaleza colonial existente más antigua de América.

El paseo por la zona más vieja de la ciudad debe incluir sus cuatro plazas más grandes: la de la Catedral, la de San Francisco, Plaza Vieja y Plaza de Armas. Tanto en ellas como en las calles aledañas se distinguen una serie de edificios de los siglos XVII al XIX que reflejan el pasado de esplendor que adquirió esta ciudad en siglos anteriores. Las torres de la Catedral de San Cristóbal que dominan el centro histórico son el paraguas bajo el cual nos movemos por la ciudad.

Las calles estrechas y empedradas, el sabor a mar y salitre en cualquier esquina y los colores de sus edificios hacen que La Habana tenga un cierto olor nostálgico a Cádiz. Se suele decir que cuando La Habana nació, Cádiz era ya vieja. Caminar por el Castillo del Morro hasta el Malecón es como hacerlo desde el Castillo de Santa Catalina gaditano hasta el Campo del Sur y la Caleta. Dos ciudades separadas por un océano que, para muchos que se fueron a hacer las Américas, era algo así como un suelo de lágrimas.

Paseando por La Habana Vieja me viene a la memoria aquel poema que en 1984 escribiera Antonio Burgos, y que musicó Carlos Cano en las célebres Habaneras de Cádiz. Un poema cuyo final del estribillo precisamente dice, en recuerdo a ese parecido entre la ciudad gaditana y la capital de Cuba: “Y verán que no exagero /si al cantar la habanera repito / La Habana es Cádiz con más negritos / Cádiz, La Habana con más salero”

Foto Vía Mis Lugares Favoritos

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